¿DE VERDAD TENEMOS UN SÍNDROME… O SIMPLEMENTE SE NOS HAN ACABADO LAS VACACIONES?
Una reflexión sobre mérito, preparación, talento y rendición de cuentas. Una reflexión sobre el llamado síndrome postvacacional, la vuelta al trabajo y la importancia de poner en perspectiva algo que quizá estamos exagerando.
VIDA Y PROPÓSITO
8/20/20267 min read
Todos los años pasa más o menos lo mismo. Se acerca septiembre, terminan las vacaciones para muchas personas y empieza a aparecer en artículos, tertulias, redes sociales y conversaciones eso que hemos decidido llamar síndrome postvacacional.
Y reconozco que es una expresión que cada vez me chirría un poquito más.
Entiendo perfectamente que volver cuesta. Después de unos días sin despertador, con otros horarios, menos obligaciones, más tiempo para nosotros, para la familia, para viajar o simplemente para no hacer nada, regresar a la rutina requiere un pequeño esfuerzo. A mí también me ha pasado. Terminas las vacaciones y el cuerpo parece decirte que todavía necesita un par de días más. O una semana. O, puestos a pedir, otro mes.
Eso me parece bastante humano.
Lo que ya me cuesta más es que hayamos convertido esa sensación en un síndrome. Y todavía me cuesta más cuando escucho hablar alegremente de “depresión postvacacional” para describir que estamos algo cansados, desganados o que tenemos pocas ganas de volver a trabajar.
Porque creo que las palabras importan. Mucho.
VOLVER DE VACACIONES PUEDE COSTAR. Y NO PASA NADA.
No creo que tengamos que negar lo evidente. Pasar de unos días de descanso a levantarnos temprano, recuperar horarios, encontrarnos con el correo acumulado, volver a las reuniones, a los atascos, a las obligaciones y al ritmo habitual puede provocar cansancio, apatía o cierta desgana.
Es bastante lógico.
De hecho, especialistas de la Clínica Universidad de Navarra explican que eso que popularmente llamamos “depresión postvacacional” no es un trastorno clínico, sino normalmente una reacción adaptativa ante el cambio de ritmo entre las vacaciones y las obligaciones cotidianas.
Y quizás ahí esté parte de la cuestión.
Nos hemos acostumbrado a poner nombre, etiqueta y casi diagnóstico a muchas sensaciones que forman parte de la vida. Estar triste unos días parece que ya necesita explicación. Estar cansado necesita otra. Tener pocas ganas, otra más. Y puede que a veces simplemente estemos cansados, tristes, incómodos o fastidiados porque aquello que nos gustaba se ha terminado.
También nos ocurre un domingo por la tarde cuando sabemos que al día siguiente toca madrugar.
Y no creo que exista todavía el síndrome del domingo a las siete.
Aunque todo llegará.
La depresión, en cambio, es una cosa bastante más seria. Quienes la han vivido de cerca saben que no estamos hablando de unas pocas ganas de volver a trabajar. La depresión clínica afecta profundamente a la vida de una persona y puede mantenerse durante semanas o meses. Reducir esa palabra a estar de bajón porque se han terminado quince días en la playa tampoco creo que ayude demasiado a quienes realmente están atravesando una depresión.
Por eso me parece importante poner cada cosa en su sitio.
Y, sobre todo, poner un poquito de perspectiva.
HAY PERSONAS QUE DARÍAN MUCHO POR TENER UN TRABAJO AL QUE VOLVER.
Esta es quizá la parte que más me hace pensar cuando escucho hablar del famoso síndrome postvacacional.
Mientras algunos nos lamentamos porque mañana volvemos al trabajo, hay otras personas que mañana volverán a levantarse para buscarlo.
Según la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre de 2026, en España hay 2.495.300 personas desempleadas. Casi dos millones y medio de personas buscando una oportunidad, esperando una llamada, enviando currículums, intentando regresar al mercado laboral o entrar en él por primera vez.
Y cuando pienso en ellas, la expresión “depresión por volver al trabajo” me resulta todavía más difícil de utilizar.
No porque quienes tenemos trabajo debamos sentirnos culpables. No va por ahí.
Uno puede tener trabajo y estar cansado. Puede estar harto de su jefe. Puede sentirse poco valorado. Puede trabajar en un entorno que le hace daño. Puede necesitar cambiar de empleo. Puede incluso descubrir durante las vacaciones que lleva demasiado tiempo viviendo de una forma que no quiere seguir viviendo.
Todo eso existe y sería absurdo negarlo.
Pero también podemos reconocer algo que a veces olvidamos con demasiada facilidad: tener un trabajo al que regresar es una suerte que millones de personas hoy no tienen.
Y creo que decirlo también es una cuestión de respeto.
Respeto hacia quien lleva meses buscando empleo. Hacia quien tiene una familia y no sabe cuánto tiempo podrá seguir manteniéndola. Hacia quien estaría encantado de tener ese lunes del que nosotros estamos renegando.
Quizá escuchar otras realidades no elimina nuestro cansancio, pero ayuda a colocarlo en otro lugar.
A mí, al menos, me ayuda.
Y TAMPOCO TODO EL MUNDO SE HA IDO DE VACACIONES.
Hay otra cosita que a veces se nos escapa cuando hablamos de la vuelta de las vacaciones como si fuera una experiencia universal.
No todo el mundo se ha ido.
Según la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025 del INE, el 32,2 % de la población española no pudo permitirse una semana de vacaciones fuera de casa al año.
Un tercio de la población.
Creo que el dato merece una pensadita.
Porque mientras hablamos de cómo superar emocionalmente nuestro regreso después de unos días en la playa, en la montaña o viajando, hay millones de personas que no han podido hacerlo.
Algunas habrán tenido días libres y se habrán quedado en casa porque simplemente no podían permitirse otra cosa. Otras habrán trabajado durante julio y agosto. Hay quienes encadenan contratos temporales y no saben siquiera cuándo podrán coger vacaciones. Personas autónomas para las que parar significa dejar de ingresar. Familias para las que unos días fuera de casa son económicamente imposibles.
Y otras muchas personas que están cuidando a alguien y para las que agosto cambia la temperatura y poco más.
Todo esto no significa que quien ha podido disfrutar de sus vacaciones tenga que pedir perdón.
Faltaría más.
Las vacaciones retribuidas son un derecho laboral ganado durante muchos años. Hay que disfrutarlas, defenderlas y desconectar de verdad cuando llegan.
Pero una cosa es defender un derecho y otra perder la capacidad de reconocer la fortuna de poder ejercerlo.
Poder parar unas semanas cobrando tu salario, descansar y después regresar a un puesto de trabajo sigue siendo algo que muchísimas personas desearían tener.
A veces nos acostumbramos muy rápido a lo bueno.
Nos pasa con muchas cosas de la vida.
QUIZÁ EL PROBLEMA NO SEA VOLVER. QUIZÁ SEA ADÓNDE VOLVEMOS.
Hay una parte del síndrome postvacacional que sí creo que merece mucha atención.
Cuando el malestar no dura unos días. Cuando regresar al trabajo produce una angustia profunda. Cuando cada domingo se convierte en una especie de condena. Cuando sentimos ansiedad, dormimos mal durante semanas, vivimos permanentemente agotados o nuestro trabajo empieza a afectar seriamente a nuestra salud y nuestras relaciones.
Ahí quizá haya algo que mirar.
Pero probablemente el problema no sean las vacaciones.
Las vacaciones pueden haber creado el silencio suficiente para escuchar algo que durante el resto del año estaba tapado por las prisas.
Quizá descubramos que estamos quemados. Que el entorno laboral en el que vivimos no es sano. Que hemos dejado de encontrar sentido a lo que hacemos. Que necesitamos cambiar algo, pedir ayuda, hablar con alguien o tomar decisiones que llevamos demasiado tiempo aplazando.
Eso merece atención.
Y precisamente porque lo merece, tampoco lo metería alegremente dentro de una expresión tan genérica como síndrome postvacacional.
Si una persona está sufriendo de verdad, acompañémosla. Escuchemos qué está ocurriendo. Y si ese sufrimiento se mantiene o afecta de forma importante a su vida, que pueda pedir ayuda profesional.
Eso es bastante diferente a necesitar tres o cuatro días para volver a coger el ritmo después de agosto.
NO TODO LO QUE NOS INCOMODA NECESITA CONVERTIRSE EN UN SÍNDROME.
Quizá aquí esté una reflexión que va un poquito más allá de las vacaciones.
Tengo la sensación de que estamos perdiendo cierta tolerancia a la incomodidad.
Queremos sentirnos bien permanentemente. Motivados. Felices. Productivos. Ilusionados con todo lo que hacemos.
Y la vida real no funciona exactamente así.
Hay mañanas en las que uno se levanta con ganas y otras en las que el despertador parece tu peor enemigo.
Hay proyectos que apasionan y tareas que aburren soberanamente.
Hay compañeros estupendos y alguno al que probablemente no elegirías para irte de vacaciones precisamente.
Hay días maravillosos y días bastante normalitos.
Y hay momentos en los que simplemente hacemos lo que tenemos que hacer aunque no nos apetezca demasiado.
También eso forma parte de vivir.
No creo que debamos patologizar cada emoción incómoda. A veces la frustración es frustración. El cansancio es cansancio. La tristeza es tristeza. Y la pereza de volver al trabajo después de unas buenas vacaciones puede ser exactamente eso: pereza.
No necesitamos sentirnos extraordinariamente felices cada lunes para estar bien.
Quizá necesitamos aceptar que la vida también tiene partes menos agradables.
Y continuar.
TENER UN LUGAR AL QUE REGRESAR TAMBIÉN ES ALGO QUE MERECE SER VALORADO.
Cuando termine este verano y vuelva a escuchar aquello del síndrome postvacacional, intentaré acordarme de todo esto.
De los casi dos millones y medio de personas que están buscando empleo.
De ese tercio de la población que no puede permitirse una semana de vacaciones fuera de casa.
De quienes han trabajado durante todo el verano.
Y también de quienes sí regresan a trabajos difíciles, ambientes que les hacen daño o situaciones personales que necesitan ser revisadas.
Porque hay muchas realidades detrás de una misma palabra.
Yo seguiré defendiendo las vacaciones. Seguiré pensando que desconectar es necesario, que las empresas deberían respetar mucho más el descanso de las personas y que tenemos que aprender a trabajar de una manera más humana.
Y probablemente, cuando termine mis vacaciones, tampoco me hará ninguna gracia escuchar el despertador el primer día.
Pero intentaré no olvidar algo.
Hay una diferencia enorme entre decir:
“Jo, mañana tengo que volver a trabajar”.
Y poder decir:
“Mañana vuelvo a trabajar”.
Son casi las mismas palabras.
Pero, dependiendo desde dónde las miremos, pueden significar cosas muy distintas.
Quizá la próxima vez que escuchemos hablar del síndrome postvacacional podríamos hacernos una pregunta un poco diferente.
¿Y si antes de quejarnos por tener que volver, dedicáramos unos segundos a valorar que tenemos un lugar al que regresar?
Te leo con calma.
pues ahí queda mi cosita
graaaaaaaaande abrazote 💚
#GasparGonzalez #LiderazgoHumano #VueltaAlTrabajo


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