ESTOY CABREADO. MUY CABREADO.

Una reflexión ciudadana sobre la política, la responsabilidad de nuestros representantes y lo que deberíamos exigirles, gobierne quien gobierne. ¿Por qué aceptamos en política lo que jamás aceptaríamos en nuestra propia vida? Transparencia, corrupción, grandes acuerdos de país y responsabilidades políticas, desde una mirada independiente y preocupada por nuestro presente y el futuro de nuestros hijos.

LIDERAZGO HUMANO

11/3/202633 min read

ESTOY CABREADO. MUY CABREADO.

Y llevo tiempo así.

Hay cosas que cada vez me cuesta más entender. Problemas que se eternizan, responsabilidades que nadie parece querer asumir, decisiones que afectan a nuestro futuro y enfrentamientos políticos que terminan separándonos incluso entre amigos y familiares.

Y todo eso se me ha ido acumulando.

Hasta que he decidido sentarme, darles una pensadita y compartir con vosotros lo que llevo dentro.

Nunca he sido de publicar sobre política.

Pero llevo tiempo pensando que hay cosas de las que deberíamos hablar, independientemente de a quién votemos.

Porque sí, voy a hablar de política. De cómo se gobierna, de las decisiones que se toman y de las consecuencias que tienen en nuestras vidas.

Pero sin defender a unos ni atacar a otros por las siglas que representan.

Voy a hablar como ciudadano. Como padre. Como alguien que paga sus impuestos y se preocupa por lo que está pasando en nuestro país, por cómo nos afecta hoy y por cómo va a afectar a nuestros hijos.

Y también desde mi experiencia. Más de treinta años trabajando con personas, gestionando equipos, recursos y responsabilidades. He tenido que tomar decisiones difíciles, he acertado, me he equivocado y he tenido que responder por ello.

Quizá por eso hay determinadas cosas que me cuesta tanto aceptar.

Pero hay algo que tengo claro.

Me cuesta creer que exista algún ciudadano, independientemente de su ideología o de a quién vote, que no quiera que nuestro país funcione mejor.

Podremos discrepar sobre cómo conseguirlo. Faltaría más.

Y seguramente discrepemos también sobre algunas de las cosas que voy a plantear.

No pretendo tener razón en todo. Ni espero que estemos de acuerdo en todo.

Pero sí me gustaría que pudiéramos hacernos algunas preguntas juntos. Sin etiquetas. Sin tener que defender automáticamente a los nuestros ni atacar a los otros.

Y, sobre todo, que seamos capaces de exigir lo mismo a quienes votamos que a quienes jamás votaríamos.

Porque también tenemos que mirarnos a nosotros mismos. Exigimos muchísimo a los políticos que no votamos y, demasiadas veces, perdonamos a los nuestros comportamientos que jamás aceptaríamos en los demás.

Quiero muchas cosas. Y las exijo.

Y sí, es un artículo largo. Son quince exigencias que quería explicar con calma.

Pero también quiero compartirlas de otra manera.

15 DÍAS. 15 VÍDEOS. 15 EXIGENCIAS.

A partir del 13 de noviembre publicaré un vídeo cada día, durante quince días, para detenerme en cada uno de estos «QUIERO» y «EXIJO». Podréis seguirlos en LinkedIn, Facebook e Instagram.

Y me gustaría escucharos. Saber qué pensáis, en qué coincidimos y en qué discrepamos. Porque seguro que hay cosas que vosotros también queréis y exigís.

Soy optimista, que NO ingenuo.

Y sigo creyendo que podemos hacer las cosas mucho mejor.

Así que aquí van mis «QUIERO». Y mis «EXIJO».

Para quienes gobiernan hoy. Para quienes gobernaron ayer. Para quienes quieran gobernar mañana.

Y también para nosotros.

Gobierne quien gobierne.

MIS 15 QUIERO. MIS 15 EXIJO.

Estos son mis quince «QUIERO». Mis quince «EXIJO». Algunos quizá los compartáis. Otros seguramente os harán discrepar. Y habrá cosas que vosotros añadiríais.

Me gustaría que los leyéramos con una idea en la cabeza: exigir lo mismo, gobierne quien gobierne.

1. Que dejemos de enfrentarnos entre nosotros

2. Grandes acuerdos de país que sobrevivan a los gobiernos

3. Campañas electorales que se tomen en serio nuestro futuro

4. Que dejéis de utilizar el pasado para enfrentarnos

5. Que la corrupción tenga consecuencias

6. Que asumir un cargo signifique asumir sus consecuencias

7. Que trabajar merezca la pena. Siempre

8. Saber cuánto genera mi trabajo y cuánto aporto al Estado

9. Una Administración que me informe también de mis derechos

10. Que me representen personas preparadas

11. Instituciones que nos escuchen y se controlen entre sí

12. Empresas públicas dirigidas por profesionales

13. Saber dónde va cada euro de nuestros impuestos

14. Saber a quién destinamos nuestro dinero y con qué resultados

15. Poder confiar. Pero no a ciegas

1. QUIERO QUE DEJEMOS DE ENFRENTARNOS ENTRE NOSOTROS.

Quiero poder pedir explicaciones al Gobierno, aunque lo haya votado. Y reconocer una buena decisión de alguien a quien jamás votaría.

Sin tener que justificarme ante nadie ni aceptar que me pongan una etiqueta.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocer que alguien de nuestro partido puede hacer algo mal?

¿Y por qué nos cuesta igualmente reconocer que alguien del otro puede tener razón?

Me duele lo que observo a nuestro alrededor.

Familias que evitan hablar de política para no discutir. Amigos que terminan enfrentados. Personas que llevan años queriéndose y que dejan de escucharse cuando aparecen determinadas siglas.

Y a veces terminamos discutiendo con personas a las que queremos por defender a políticos que ni nos conocen ni nosotros conocemos de verdad.

¿De verdad merece la pena?

Quiero que dejemos de justificar comportamientos que condenaríamos duramente si los protagonizara alguien del partido contrario.

Y os pongo un ejemplo muy sencillo.

Imaginemos que en nuestra familia tenemos un dinero ahorrado entre todos para atender necesidades comunes.

Y descubrimos que uno de nosotros ha cogido parte de ese dinero para su propio beneficio. O que lo ha utilizado para favorecer a un amigo.

¿Miraríamos hacia otro lado porque es de nuestra familia?

¿Le justificaríamos porque le queremos?

¿O le pediríamos explicaciones y exigiríamos que devolviera el dinero y asumiera las consecuencias?

Entonces, ¿por qué en política somos capaces de disculpar esos mismos comportamientos cuando los protagonizan los nuestros, pero nos indignamos cuando los hacen los otros?

Porque el dinero público también es nuestro.

Es dinero que aportamos entre todos y que debería utilizarse para atender las necesidades de todos.

Y creo que deberíamos exigir exactamente la misma honestidad y responsabilidad, gobierne quien gobierne.

Quiero que una mentira sea una mentira, la diga quien la diga.

Que una irregularidad nos indigne, afecte a quien afecte.

Que una buena decisión pueda reconocerse aunque la tome alguien con quien discrepamos profundamente.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a disculpar lo que hacen los nuestros por miedo a que gobiernen los otros?

Quiero que los políticos dejen de alimentar enfrentamientos innecesarios.

Y quiero que nosotros dejemos de trasladarlos a nuestras casas.

Que volvamos a escucharnos.

Que podamos discrepar sin romper relaciones.

Y quiero empezar por exigírmelo a mí mismo.

2. QUIERO GRANDES ACUERDOS DE PAÍS QUE SOBREVIVAN A LOS CAMBIOS DE GOBIERNO.

Si queremos dejar de enfrentarnos entre nosotros, me gustaría que empezáramos por exigir a nuestros representantes algo fundamental: que sean capaces de alcanzar grandes acuerdos de país, aunque piensen de manera diferente.

¿Por qué determinados problemas que afectan al presente y al futuro de millones de españoles tienen que volver a discutirse prácticamente desde el principio cada vez que cambia un Gobierno?

Durante mis más de treinta años de trayectoria profesional he tenido la oportunidad de dirigir proyectos complejos que duraban dos, cuatro o seis años. Proyectos en los que participaban diferentes departamentos, responsables y equipos, cada uno con sus prioridades y sus intereses.

Y os aseguro que había discusiones. Muchas.

También había egos. Personas que defendían su departamento, sus decisiones o su manera de hacer las cosas.

Pero había algo que estaba por encima de todos nosotros: los intereses de la empresa y los objetivos del proyecto.

Y eso no se podía perder de vista.

Había que escuchar, negociar, ceder y alcanzar acuerdos. Y cuando alguien anteponía sistemáticamente sus intereses personales al proyecto y terminaba bloqueándolo, había que tomar decisiones. Incluso apartarlo de aquella responsabilidad.

Porque una cosa era discrepar, algo necesario, y otra impedir que el equipo avanzara.

Y me pregunto: ¿por qué nos cuesta tanto trasladar esa manera de trabajar a los grandes problemas de nuestro país?

Entiendo que existan diferentes ideologías, prioridades y maneras de hacer las cosas. Faltaría más.

Pero ¿de verdad no somos capaces de ponernos de acuerdo en determinadas cuestiones que afectan al presente y al futuro de toda nuestra sociedad, de nuestro país?

Quiero grandes acuerdos de país que duren cinco, diez o quince años. Incluso más cuando sea necesario.

Acuerdos en los que cada uno pueda defender sus ideas, discrepar y negociar. Pero sabiendo que hay algo que debe estar por encima de los intereses particulares: el interés general.

Acuerdos impulsados por el Gobierno, con la participación de los demás partidos y de quienes realmente conocen cada problema: administraciones, empresas, sindicatos, profesionales, organizaciones sociales y personas afectadas.

Y quiero que esos acuerdos se conviertan en proyectos reales.

Con objetivos a corto, medio y largo plazo. Con financiación, responsables y equipos profesionales elegidos por sus capacidades y experiencia, independientemente de sus ideologías o afinidades políticas.

Con continuidad aunque cambie el Gobierno.

Y con revisiones públicas cada seis meses para conocer qué se ha conseguido, cuánto se ha gastado, qué dificultades han aparecido y qué debemos corregir.

Porque quiero saber si estamos avanzando. Y quiero entenderlo sin necesidad de ser un experto.

Incluso me gustaría que estudiáramos la posibilidad de consultar a los ciudadanos mediante referéndum sobre determinados grandes acuerdos especialmente importantes para nuestro futuro, dentro de los procedimientos que establece nuestra Constitución.

Sé que ningún acuerdo puede ser intocable. Las circunstancias cambian y los proyectos deben poder adaptarse.

Pero también creo que necesitamos compromisos que duren más que quienes los firman.

No quiero pactos para hacerse una fotografía. Quiero acuerdos que se cumplan.

Y voy a poner cuatro ejemplos de lo que estoy hablando.

INCLUSIÓN. QUIERO UN ACUERDO DE PAÍS PARA JUAN, MARÍA, PEDRO...

Para ese casi 10 % de las personas residentes en hogares españoles que, según la encuesta EDAD 2020 del INE, vivían con algún tipo de discapacidad.

Más de cuatro millones de personas.

Personas a las que hoy denominamos personas con discapacidad o con diversidad funcional.

Pero, por encima de cualquier denominación, son personas.

Personas con nombres y apellidos. Como tú y como yo.

Con sus capacidades, sus necesidades, sus ilusiones y sus ganas de vivir su propia vida.

Y quiero que entendamos algo.

Muchas de estas personas necesitan más recursos, más apoyos y un esfuerzo adicional por parte de las administraciones y de toda la sociedad para poder participar en igualdad de oportunidades.

Y habrá quienes necesiten esos apoyos durante toda su vida.

Como sociedad, se lo debemos. Y ellas se lo merecen.

Y quiero un gran acuerdo de país que se tome en serio esa responsabilidad.

Que escuche, en primer lugar, a las propias personas con discapacidad. A sus familias, a los profesionales y a las organizaciones que llevan años trabajando por su inclusión.

Que estudie qué estamos haciendo bien, qué debemos mejorar y qué recursos necesitamos.

Porque sé que en España existen leyes, iniciativas y profesionales que llevan mucho tiempo trabajando en este ámbito. Sería injusto ignorarlo.

Pero también creo que todavía tenemos mucho camino por recorrer.

Y hay algo que me preocupa especialmente.

Cómo aprendemos a mirar a las personas.

Me gustaría que nuestros hijos crecieran compartiendo aulas, juegos, experiencias y amistades con niños que tienen capacidades y necesidades diferentes.

Que convivir con esas diferencias fuera algo natural.

Que un niño no sintiera miedo, incomodidad o lástima hacia otro porque se mueve de otra manera, habla de forma diferente o necesita ayuda para hacer determinadas cosas.

Que pudieran conocerse, jugar, reírse y aprender juntos.

Y que los centros educativos contaran con los profesionales, las adaptaciones y los recursos necesarios para hacerlo posible, atendiendo a las necesidades de cada niño.

Porque la inclusión también se aprende conviviendo.

Y creo que los adultos tenemos mucho que aprender en este sentido.

A veces, sin darnos cuenta, transmitimos a nuestros hijos nuestros propios prejuicios, nuestros miedos o nuestra incomodidad ante lo diferente.

Y así, poco a poco, seguimos levantando barreras que no siempre son físicas.

Pero la inclusión no termina en el colegio.

Quiero que, cuando esas personas crezcan, tengan oportunidades reales de formarse, trabajar, relacionarse, participar y tomar decisiones sobre su propia vida.

Que las empresas también asuman su responsabilidad.

Que se cumplan las obligaciones que ya existen y que se estudien medidas para facilitar nuevas oportunidades de empleo.

Que mejoremos la accesibilidad, los apoyos y la autonomía personal.

Y que no confundamos estar presente con estar incluido.

Porque una persona puede estar en una clase, en una empresa o en una actividad y, aun así, sentirse completamente apartada.

Quiero un acuerdo que se ocupe también de eso.

Un acuerdo con objetivos concretos para los próximos cinco, diez y quince años. Con financiación, responsables y resultados que podamos comprobar.

No soy experto en la materia, ni pretendo decirles a los profesionales cómo deben hacer su trabajo.

Pero sí tengo claro qué sociedad me gustaría que construyéramos.

Una en la que Juan, María, Pedro y tantos millones de personas puedan desarrollar su vida con dignidad, con los apoyos que necesiten y sintiéndose parte de ella.

Porque tienen los mismos derechos que nosotros. Y porque, como sociedad, se lo debemos.

VIVIENDA. QUIERO UN PLAN A DIEZ O QUINCE AÑOS.

Llevamos demasiado tiempo hablando de vivienda.

Jóvenes que no pueden independizarse. Familias que destinan una parte enorme de sus ingresos al alquiler o a la hipoteca. Personas que viven con la incertidumbre de no saber si podrán seguir pagando su casa.

Y propuestas que aparecen y desaparecen según quién gobierna.

Pues quiero un gran pacto nacional por la vivienda.

Un plan a diez o quince años.

Que reúna a las administraciones, las empresas, los profesionales y los demás agentes implicados.

Porque el problema tiene muchas piezas.

Suelo, urbanismo, licencias, financiación, vivienda protegida, alquiler, rehabilitación, construcción y disponibilidad de profesionales.

Y ninguna administración puede resolverlo todo por su cuenta.

Quiero que nos expliquen cuántas viviendas necesitamos, dónde, de qué tipo, para quién y con qué recursos.

Qué compromisos asume cada uno.

Y cómo vamos a comprobar que las viviendas llegan realmente a quienes las necesitan.

Después, que el plan se revise, se mejore y se corrija cuando haga falta.

Pero que no desaparezca cada vez que cambian las siglas que ocupan los despachos.

EDUCACIÓN. QUIERO UN ACUERDO QUE MIRE AL FUTURO DE NUESTROS HIJOS.

Quiero exactamente la misma ambición para la educación.

Porque estamos hablando de nuestros hijos.

De los niños y adolescentes que hoy están en las aulas y que dentro de diez o quince años estarán construyendo nuestro país.

Quiero un gran pacto nacional por la educación.

Que escuche a los docentes, a los equipos directivos, a las familias, a los profesionales y también a los alumnos.

Que se ponga de acuerdo sobre los aprendizajes fundamentales, la preparación y el reconocimiento de nuestros profesores, la atención a las diferentes necesidades educativas, la convivencia, el pensamiento crítico y el uso responsable de la tecnología.

Que estudie qué funciona en otros países, sin pretender copiarlo todo.

Y que establezca objetivos compartidos, respetando las competencias de las comunidades autónomas y la capacidad de adaptación de los centros.

Porque quiero que un niño tenga buenas oportunidades educativas viva donde viva.

Y porque la educación de nuestros hijos merece bastante más continuidad que la que pueden ofrecer las disputas entre partidos.

INMIGRACIÓN. QUIERO DERECHOS, DEBERES Y REGLAS CLARAS.

Y quiero otro gran pacto de país sobre un asunto del que parece cada vez más difícil hablar sin terminar enfrentados.

La inmigración.

Quiero que podamos hablar de ella con tranquilidad.

Sin gritos.

Sin etiquetas.

Sin convertir cada pregunta en una batalla ideológica.

Quiero que España sea un país capaz de acoger a personas que buscan una vida mejor, que proteja a quienes tienen derecho a protección y que gestione la inmigración con planificación y responsabilidad.

Porque hablamos de personas, pero también de vivienda, educación, sanidad, empleo, convivencia y recursos públicos.

Quiero conocer qué necesidades tiene nuestro país, qué posibilidades reales existen de integración y qué responsabilidades corresponden a cada administración.

Y quiero dejar algo claro.

QUIERO UNA INMIGRACIÓN CON DERECHOS. Y TAMBIÉN CON DEBERES.

Que quienes llegan conozcan y respeten nuestras leyes.

Igual que debemos hacerlo quienes hemos nacido aquí.

Que tengan oportunidades reales de aprender, formarse, trabajar cuando estén legalmente autorizados y participar en nuestra sociedad.

Que distingamos entre situaciones diferentes, porque no es lo mismo una persona que llega con un contrato de trabajo que una familia que huye de una guerra o un menor que necesita protección.

Y que podamos hablar de las dificultades sin exagerarlas ni ocultarlas.

He tenido la oportunidad de vivir fuera de España y sé por experiencia lo que significa llegar a otro país y adaptarse a sus normas.

Quiero que seamos exigentes con las normas.

Y justos con las personas.

Y, por favor, que dejemos de utilizar la inmigración como arma política.

Porque también aquí necesitamos acuerdos que miren más allá de las próximas elecciones.

3. QUIERO CAMPAÑAS ELECTORALES QUE SE TOMEN EN SERIO NUESTRO FUTURO.

Cada vez que veo una campaña electoral me hago la misma pregunta: ¿cuándo vamos a hablar de verdad de lo que necesita el país?

Menos espectáculo y más proyectos concretos

Quiero campañas electorales en las que conozcamos los proyectos, los compromisos y los planes de quienes aspiran a gobernarnos.

Veo demasiados discursos preparados para entusiasmar a los convencidos, demasiados ataques al adversario y poco tiempo dedicado a explicar cómo van a cumplir lo que prometen.

Y, mientras tanto, estamos eligiendo a quienes van a tomar decisiones importantes durante cuatro años.

Exijo que nos traten como lo que somos: personas capaces de escuchar propuestas, hacer preguntas, pensar por nosotros mismos y sacar nuestras propias conclusiones.

Quiero que cada partido presente sus siete grandes proyectos de país para esos cuatro años.

Con objetivos, presupuestos, responsables, actuaciones y fechas. Explicados con palabras que todos podamos entender.

Y quiero saber cómo encajan esos proyectos de cuatro años en los grandes acuerdos de país que deberían continuar aunque cambie el Gobierno.

Pongamos un ejemplo.

Imaginemos que un partido anuncia:

«Vamos a construir un millón de viviendas».

Muy bien.

Pero ¿cómo vas a construirlas?

¿Dónde?

¿Tienes suelo disponible?

¿Está preparado para edificar o faltan trámites urbanísticos?

¿Quién va a construirlas?

¿La Administración? ¿Empresas privadas? ¿Cooperativas? ¿Mediante acuerdos?

¿De dónde va a salir el dinero?

¿Cuánto va a costar?

¿Tenemos suficientes profesionales y empresas para ejecutar las obras?

¿Cuántas viviendas comenzarán a construirse el primer año?

¿Cuántas estarán terminadas el segundo?

¿Cuántas se entregarán realmente durante los cuatro años?

¿Serán de alquiler o de compra?

¿A qué precios?

¿Quién podrá acceder a ellas?

¿Y qué parte depende realmente de la Administración que aspiras a dirigir?

Porque anunciar un millón de viviendas es fácil.

Lo difícil es conseguir que esas viviendas existan, estén terminadas y lleguen a las personas que las necesitan.

He trabajado muchos años con planes estratégicos y sé que una promesa sin actuaciones, responsables, recursos y plazos es poco más que una declaración de intenciones.

Quiero saber qué vais a hacer durante los primeros seis meses, qué resultados esperáis al terminar cada año y cómo podremos comprobarlos.

También me importa lo que ocurre cuando se apagan los focos y hay que gobernar.

Si necesitáis pactar con otros partidos, explicadnos qué promesas mantenéis, cuáles modificáis, a cuáles renunciáis y por qué.

Entiendo que gobernar exige negociar y adaptarse a circunstancias imprevistas.

Porque después del mitin la gente sigue haciendo números para llegar a fin de mes.

Los jóvenes siguen buscando una vivienda. Y los servicios públicos siguen necesitando mejoras.

Eso es lo que tenemos entre manos. El futuro de nuestro país.

Y hay una pregunta que me encantaría hacer a todos los candidatos:

¿Estáis preparados para gobernar o solamente para ganar unas elecciones?

Votar a personas, no solamente a unas siglas

Quiero tener más capacidad para decidir quiénes van a representarnos.

Porque ahora, cuando votamos al Congreso, elegimos listas cerradas y bloqueadas, con candidatos y un orden decidido por los partidos.

Y yo me pregunto: ¿por qué no podemos elegir también a las personas que consideramos más preparadas?

Quiero conocer su trayectoria. Qué han hecho, qué saben hacer y qué compromisos asumen.

Porque una cosa es confiar en el proyecto de un partido y otra tener que aceptar necesariamente a todas las personas que ese partido ha decidido incluir en su candidatura.

¿No tendría sentido que los ciudadanos pudiéramos participar más directamente en la elección de las personas que van a tomar decisiones en nuestro nombre?

Un voto con un peso más equitativo

Quiero que revisemos nuestro sistema electoral.

Vivo y voto en Valencia.

Y me pregunto por qué la relación entre votos y escaños cambia tanto dependiendo de la provincia.

Comprendo que nuestro sistema busca también garantizar una representación territorial.

Pero ¿no deberíamos estudiar si podemos conseguir que el voto de cada ciudadano tenga un peso más equilibrado, viva donde viva?

Porque estamos hablando de algo tan importante como la representación de los ciudadanos en nuestras instituciones.

Me gustaría que lo debatiéramos sin que cada partido mire únicamente qué fórmula le beneficia.

¿Es pedir demasiado?

4. QUIERO QUE DEJÉIS DE UTILIZAR EL PASADO PARA ENFRENTARNOS. OCUPAOS DE NUESTRO FUTURO.

Antes os he pedido que dejemos de enfrentarnos entre nosotros. Ahora quiero pedirles algo a quienes nos representan: que dejen de utilizar nuestra historia para alimentar esos enfrentamientos.

¡Dejadnos en paz con vuestros enfrentamientos!

Estoy harto de que, cada vez que hablamos de los problemas de hoy, algunos políticos utilicen lo que ocurrió hace veinte, cuarenta u ochenta años para enfrentarnos otra vez.

Nuestra historia es nuestra.

Con sus aciertos, sus errores, sus injusticias y sus heridas.

Quiero conocerla, aprender de ella, respetar a las víctimas y reparar aquello que todavía corresponda.

Pero no quiero que sigamos utilizando el pasado para dividirnos.

Me gustaría escucharos hablar más del presente. De vuestras decisiones, de vuestros errores y de lo que vais a hacer con nuestro futuro.

¿Qué vamos a mejorar en educación, sanidad e infraestructuras?

¿En qué podemos ponernos de acuerdo, aunque pensemos diferente?

Eso quiero escuchar.

Si otro se equivocó en el pasado, que responda por ello. Pero ahora quiero saber qué estás haciendo tú con la responsabilidad que tienes.

Dejad de decirnos contra quién tenemos que estar. Explicadnos qué vais a hacer por nosotros.

5. QUIERO QUE LA CORRUPCIÓN TENGA CONSECUENCIAS. SIN EXCUSAS NI FAVORITISMOS.

Quiero que quien se apropie ilícitamente de dinero público responda ante la Justicia.

Quiero que se investiguen con rigor los posibles casos de malversación, cohecho, adjudicaciones fraudulentas y tráfico de influencias, y que se recupere el dinero cuando legalmente corresponda.

También quiero saber qué controles fallaron. Quién debía vigilar. Y qué se ha hecho para que no vuelva a pasar.

En una empresa, cuando aparece una irregularidad grave, no basta con investigar a la persona implicada.

Hay que revisar el procedimiento que permitió que ocurriera.

Y mejorar los controles que no funcionaron.

Y quiero que se proteja a quienes denuncian irregularidades de buena fe.

Después, cuando el asunto desaparezca de los titulares, quiero seguir sabiendo qué ha pasado.

Qué ha resuelto la Justicia, qué dinero se ha recuperado y qué se ha cambiado para evitar que vuelva a suceder.

Siempre respetando la presunción de inocencia.

Porque una investigación no es una condena.

Pero tampoco quiero que la existencia de un procedimiento penal se utilice como excusa para no revisar los controles o valorar las posibles responsabilidades políticas.

Si alguien ha cometido una irregularidad, quiero que responda. Me da igual a qué partido pertenezca.

¿Tan difícil es compartir esa exigencia?

6. QUIERO QUE ASUMIR UN CARGO SIGNIFIQUE ASUMIR SUS CONSECUENCIAS.

Quiero que un ministro dimita cuando existan razones suficientemente graves y acreditadas para hacerlo.

Y si no dimite, quiero que quien tiene la responsabilidad de mantenerlo en el cargo decida sobre su continuidad y explique esa decisión.

No quiero que la única razón para perder una responsabilidad pública sea que un juez haya dictado una condena.

Porque no haber cometido un delito no significa necesariamente haber gestionado bien.

Sé que una empresa y un Gobierno funcionan de manera diferente y tienen responsabilidades distintas. Pero asumir una responsabilidad debería implicar también estar dispuesto a responder por ella.

Y esto lo conozco de primera mano.

Después de más de treinta años trabajando en una gran empresa, fui cesado por una cuestión de confianza.

Y quiero dejar algo claro: los resultados de mi equipo eran excelentes. Estaba orgulloso de su trabajo, de su compromiso y de todo lo que habíamos conseguido juntos.

Aun así, perdí aquellas responsabilidades.

¿Me gustó?

No.

¿Compartía aquella decisión?

Tampoco.

Pero ocurrió.

Porque en una empresa, ocupar una responsabilidad significa saber que puedes perderla, incluso cuando los resultados son excelentes.

Y si se produce un cese, no tienes garantizado que vayan a darte otra dirección para compensarlo.

Por eso, cuando un cargo político cesa y recibe otro nombramiento, quiero entender qué capacidades justifican esa nueva responsabilidad.

No quiero que una gestión gravemente deficiente se resuelva buscando automáticamente otro puesto a quien acaba de perder el anterior.

Sé perfectamente que siempre pueden surgir circunstancias, tanto internas como externas, que dificulten o incluso impidan alcanzar los objetivos, por mucho esfuerzo y buen trabajo que haya detrás.

Por eso, yo nunca he exigido resultados a cualquier precio. Pero sí compromiso, responsabilidad y lealtad.

Quiero que nuestros responsables políticos reconozcan errores.

Y que sepan marcharse cuando existan motivos suficientes.

Porque saber abandonar un cargo también forma parte de saber ejercerlo.

7. QUIERO QUE TRABAJAR MEREZCA LA PENA. SIEMPRE.

Hay otra cuestión a la que llevo tiempo dándole vueltas.

Las ayudas sociales son necesarias.

Hay personas que atraviesan situaciones muy difíciles. Familias que necesitan apoyo para vivir con dignidad. Personas que, por su salud, sus circunstancias o la falta de oportunidades, necesitan que la sociedad esté a su lado.

¿Cómo es posible que, en determinadas circunstancias, aceptar un trabajo pueda suponer una mejora económica tan pequeña que apenas compense?

Imaginemos una persona que recibe distintas prestaciones y ayudas.

Le ofrecen un empleo.

Pero al comenzar a trabajar pierde parte de esas ayudas.

Además, tiene nuevos gastos de transporte, alimentación fuera de casa o cuidado de sus hijos.

Y cuando hace números descubre que, después de trabajar toda la jornada, su situación económica apenas mejora cien o doscientos euros.

Es un ejemplo hipotético, pero sirve para explicar lo que quiero plantear.

¿Estamos diseñando bien nuestras ayudas?

Y si a esa persona le cuesta desplazarse o tiene hijos a su cargo, la decisión es todavía más difícil.

No quiero que culpemos a las personas por responder a los incentivos que nosotros mismos hemos creado. Quiero que revisemos esos incentivos.

Me gustaría que estudiáramos todas esas ayudas juntas, porque proceden de distintas administraciones y a veces no encajan bien.

Quiero comprobar qué ocurre cuando una persona empieza a trabajar.

Sé que ya existen mecanismos para compatibilizar determinadas prestaciones con el empleo. También se ha mejorado en 2026 el incentivo al empleo del Ingreso Mínimo Vital, para que una parte del aumento de los ingresos laborales no reduzca la prestación.

Me parece un avance. Pero quiero saber si funciona en la vida real: cuánto mejora la economía familiar, cuántas personas encuentran un empleo y cuántas pueden mantenerlo.

Y quiero que aceptar más horas o mejorar profesionalmente se note de verdad en la economía familiar.

También quiero mejores políticas de formación, orientación e incorporación laboral.

También quiero controles para que las ayudas lleguen a quienes cumplen los requisitos.

Que se investiguen las situaciones de posible fraude cuando existan indicios.

Y que se apliquen las consecuencias correspondientes si se demuestra que alguien ha recibido indebidamente recursos públicos.

Lo que tenemos que conseguir es que trabajar sea una oportunidad real para mejorar su vida.

Porque el trabajo puede aportar experiencia, relaciones, autonomía y posibilidades de futuro.

Pero para que eso ocurra también necesitamos empleos con condiciones dignas.

Salarios dignos, seguridad y oportunidades para progresar.

No quiero un sistema en el que resulte económicamente más razonable permanecer dependiendo de ayudas porque incorporarse al empleo apenas cambie la situación de una familia.

Quiero un sistema que acompañe a las personas mientras lo necesitan.

Y que facilite su incorporación al trabajo cuando puedan hacerlo.

¿Cuántas personas consiguen incorporarse al trabajo y mantenerlo? ¿Qué programas ayudan y cuáles necesitan revisarse?

Y detrás de esas cifras hay personas que quieren recuperar autonomía y vivir con dignidad.

Quiero ayudas que protejan cuando hacen falta. Y un sistema que consiga que trabajar, progresar y ganar autonomía merezca la pena. Siempre.

8. QUIERO SABER CUÁNTO DINERO GENERA MI TRABAJO Y CUÁNTO APORTO AL ESTADO.

Hay algo que me gustaría cambiar de nuestra relación con los impuestos.

Quiero que seamos mucho más conscientes de cuánto dinero genera nuestro trabajo, cuánto recibimos y qué parte se destina a impuestos y cotizaciones.

Sabemos cuánto dinero llega a nuestra cuenta cada mes. Lo que no siempre tenemos tan presente es todo lo que hay detrás.

Pero ¿sabemos cuánto ha costado realmente nuestro trabajo a la empresa?

¿Cuánto es salario bruto y cuánto se destina a IRPF y cotizaciones?

Tengo una idea que me gustaría poner sobre la mesa: ¿y si la cuenta bancaria mostrara primero nuestro salario bruto y, a continuación, reflejara automáticamente los pagos de impuestos y cotizaciones a las administraciones?

Sé que gran parte de esa información ya figura en la nómina. Pero ¿cuántos trabajadores la comprendemos y la tenemos realmente presente? Quiero que resulte mucho más visible y sencilla de consultar.

Me explico, porque no estoy proponiendo que podamos gastar ese dinero antes de pagar nuestros impuestos.

Quiero entrar en la aplicación del banco el día de cobro y ver, con claridad, mi salario bruto.

Después, los importes destinados a IRPF y Seguridad Social. Y, finalmente, lo que de verdad puedo utilizar.

También quiero ver lo que paga la empresa por mi trabajo, separado del salario bruto. Ese coste adicional no es dinero que tenga que ingresar en mi cuenta, pero sí una cifra que deberíamos conocer.

Así tendríamos el cuadro completo, sin mezclar conceptos.

El coste total del puesto, mi salario bruto, las deducciones y la aportación adicional de la empresa.

Y, al final, mi salario neto.

Quiero verlo en euros. Cada mes. Sin tener que hacer cálculos ni buscar explicaciones complicadas.

Sé que cada trabajador tiene circunstancias diferentes y que no todos pagamos el mismo porcentaje.

Por eso prefiero hablar de las cifras reales de cada nómina.

Si cambiáramos quién ingresa las retenciones, harían falta modificaciones legales y operativas. Tal vez podamos lograr la misma transparencia mostrando esos movimientos en el banco sin alterar cómo circula el dinero. También merece la pena estudiarlo.

Porque contribuir al sostenimiento de nuestro país me parece necesario.

Sé que necesitamos financiar pensiones, sanidad, educación, infraestructuras, seguridad y servicios sociales.

Lo que quiero es que seamos plenamente conscientes de cuánto estamos aportando.

Y que eso nos lleve a preguntar con más interés qué se está haciendo con nuestro dinero.

Porque contribuir es una responsabilidad.

Pero conocer cuánto aportamos y exigir que se gestione bien también es nuestro derecho.

9. QUIERO UNA ADMINISTRACIÓN QUE ME INFORME DE MIS DERECHOS CON LA MISMA DILIGENCIA CON LA QUE ME EXIGE MIS OBLIGACIONES.

Y, pensando en obligaciones, hay una pregunta que me hago desde hace tiempo.

Cuando llega el momento de pagar impuestos, Hacienda dispone de muchísima información sobre nosotros.

Conoce ingresos, determinadas operaciones económicas, propiedades y otros datos relevantes para nuestras obligaciones fiscales.

Nos prepara el borrador de la declaración de la renta.

Me parece lógico que cumplamos con nuestras obligaciones.

Pero entonces me hago una pregunta.

¿Por qué no utilizamos también la información que ya tiene la Administración para ayudarnos a conocer nuestros derechos?

Pensemos en alguien que lleva un pequeño negocio.

Cada mes tiene que atender clientes, proveedores, facturas, impuestos y cotizaciones.

Quizá también un alquiler, trabajadores a su cargo y mil cositas que resolver.

Y, entre todo eso, intenta sacar adelante su actividad.

Ese autónomo puede cumplir las condiciones para acceder a determinadas ayudas, bonificaciones o incentivos.

Puede ser por contratar a alguien, invertir, digitalizarse o desarrollar su actividad en una zona determinada.

O por sus circunstancias personales o empresariales.

Pues quiero que la Administración le informe.

Que reciba un aviso diciendo algo tan sencillo como:

«Por las características de su actividad y los datos de los que disponemos, podría tener derecho a estas ayudas. Aquí tiene los requisitos, los importes, los plazos y cómo solicitarlas».

¿Por qué debería enterarse por casualidad, por otro autónomo o cuando ya se ha cerrado el plazo?

Y pienso también en las pequeñas empresas, las familias, los trabajadores y los jóvenes.

En las personas mayores que quizá no saben a qué prestaciones tienen derecho.

La información debería llegar de forma comprensible, no estar escondida entre convocatorias y páginas web.

Quiero que las administraciones aprovechen los datos que legalmente pueden utilizar, siempre respetando nuestra privacidad y seguridad.

Y que nos avisen cuando, con esos datos, parezca que podríamos tener derecho a una ayuda.

Y que, cuando falte información para comprobar un derecho, nos pidan solamente lo necesario.

También quiero que dejemos de entregar una y otra vez documentos que ya están en poder de alguna administración y que podrían consultarse legalmente.

Quiero pasar de una Administración que espera a que el ciudadano encuentre sus derechos a una Administración que le ayude activamente a conocerlos y ejercerlos.

También quiero que podamos comprobar si ese esfuerzo está funcionando.

¿Cuántas personas cumplían los requisitos de una ayuda y no la solicitaron?

Y que exista una puerta de entrada sencilla para consultar ayudas estatales, autonómicas y municipales.

Sin tener que convertirse en experto en trámites ni visitar cuatro webs distintas.

Yo quiero cumplir mis obligaciones y pagar lo que me corresponde.

Presentar mis declaraciones y respetar los plazos.

Y quiero que, con las garantías de privacidad necesarias, la Administración me ayude también a conocer las ayudas y derechos que me corresponden. No me parece una exigencia desproporcionada.

10. QUIERO QUE ME REPRESENTEN PERSONAS QUE DEMUESTREN ESTAR PREPARADAS.

Quiero saber quiénes son las personas que van a ocupar responsabilidades públicas.

Y, sobre todo, qué saben hacer.

Una cara conocida, un buen discurso o muchos años dentro de un partido no demuestran por sí solos que alguien esté preparado para dirigir algo tan importante.

Quiero conocer su experiencia.

Qué ha gestionado. Qué decisiones difíciles ha tenido que tomar. Y qué ha aprendido de sus errores.

No quiero que la amistad, la cercanía a quien nombra o la fidelidad personal sean méritos suficientes para asumir responsabilidades enormes.

Me importan la preparación y el criterio. También la capacidad para escuchar a quien sabe más.

Después de más de treinta años trabajando en una gran empresa, he conocido profesionales extraordinarios sin grandes títulos y otros con currículos impresionantes que tenían enormes dificultades para dirigir personas.

Por eso no estoy hablando solamente de títulos universitarios.

Me importa saber cómo gestiona, cómo decide y cómo responde cuando algo no funciona.

La experiencia política también puede aportar capacidades valiosas.

Claro que sí. Y también merece reconocerse.

Pero quiero conocerlas.

También quiero conocer posibles conflictos de intereses y el origen legítimo del patrimonio de quienes nos representan. Tener propiedades no me parece un problema. Aprovecharse del cargo para enriquecerse, sí.

Y quiero garantías de que sus intereses particulares no condicionan las decisiones que toma en nombre de todos.

Quiero personas fiables. Gente que sepa lo que hace y sea consciente de la responsabilidad que asume.

11. QUIERO INSTITUCIONES QUE NOS REPRESENTEN, NOS ESCUCHEN Y SE CONTROLEN ENTRE SÍ.

Quiero que nuestras instituciones funcionen incluso cuando haya desacuerdos profundos. Porque discrepar es legítimo. Lo que no puedo aceptar es que la discrepancia termine impidiendo escuchar, controlar y rendir cuentas.

Diputados y senadores con criterio propio

Quiero que un diputado pueda discrepar de su partido.

Y que pueda votar según su criterio cuando crea que una ley es perjudicial, aunque su partido haya decidido apoyarla.

Me da igual a qué partido pertenezca.

¿De qué sirve elegir representantes con criterio si después no pueden defenderlo cuando discrepan de la dirección de su partido?

La Constitución establece que los miembros de las Cortes Generales no están sujetos a mandato imperativo.

Pues quiero que esa libertad se respete también en la práctica.

En los equipos que he dirigido, alguna de las mejores decisiones nació de que alguien se atrevió a llevarme la contraria. Me equivocaba, claro que sí. Y agradecía que me lo dijeran.

Quiero representantes que sepan acertar, equivocarse, rectificar y asumir responsabilidades.

Y quiero partidos que no confundan lealtad con obediencia ciega.

Un Congreso y un Senado donde se responda y se respete

Quiero que cuando un diputado o un senador pregunte al Gobierno, reciba respuesta a esa pregunta. No un discurso para atacar al adversario.

Si te preguntan quién tomó una decisión, explica quién la tomó.

Si te preguntan por qué no has cumplido un compromiso, explica qué ocurrió.

Y si no tienes la información, reconócelo y facilítala después.

Y hay otra cosa que me cuesta aceptar: los insultos y las descalificaciones.

Las interrupciones, las provocaciones y ese ambiente que a veces convierte un debate parlamentario en una pelea.

El Congreso y el Senado son instituciones de todos.

Quiero una oposición exigente que controle al Gobierno y un Gobierno que responda sin esconderse tras ataques al adversario.

Se puede discrepar con dureza sin perder el respeto.

Y, por favor, un mínimo de educación.

¿Aceptaríamos esos comportamientos en una reunión de trabajo, en un aula o delante de nuestros hijos? Entonces, ¿por qué debemos aceptarlos en nuestras instituciones?

Los ciudadanos también necesitamos ejemplos de convivencia.

Comisiones de investigación que investiguen de verdad

Quiero comisiones que aclaren qué ocurrió, qué responsabilidades pueden existir y qué debemos corregir para que no vuelva a suceder.

Quiero documentación, comparecencias útiles y conclusiones claras.

Y quiero saber qué medidas se toman después.

Si una comisión no avanza, quiero que explique por qué. Y, cuando termine, que publique con claridad lo que ha podido esclarecer y lo que no.

Si una declaración contradice documentos o pruebas, ¿quién examina esas contradicciones y las traslada, cuando corresponda, a las autoridades competentes?

Si aparecen indicios fundados de un delito, quiero que se investigue y, si se demuestra judicialmente, que tenga consecuencias.

Y, terminada la comisión, quiero saber qué medidas propuso, cuáles se aplicaron y qué sigue pendiente.

Porque investigar tiene que servir para conocer la verdad y mejorar las cosas.

No para producir otra colección de titulares.

Poderes del Estado independientes y con contrapesos

Quiero un Ejecutivo que gobierne, un Parlamento que legisle y controle al Gobierno, y jueces que puedan juzgar con independencia.

Quiero contrapesos e instituciones que puedan ejercer sus funciones sin quedar sometidas a intereses partidistas.

Quiero estudiar una reforma para que los doce vocales judiciales del Consejo General del Poder Judicial sean elegidos por jueces y magistrados, con transparencia y garantías de pluralidad e independencia.

También me preocupa el Tribunal Constitucional. Algunas de sus decisiones suscitan controversias jurídicas y políticas, y me pregunto cómo reforzar la confianza en su independencia.

Su función es garantizar la Constitución y proteger derechos fundamentales.

En ese ámbito puede revisar determinadas resoluciones, también del Tribunal Supremo. Precisamente por eso quiero máximo rigor, motivación jurídica y respeto a las competencias de cada tribunal.

Quiero debatir también cómo se elige a sus doce magistrados. Hoy intervienen Congreso, Senado, Gobierno y CGPJ. ¿Podemos reforzar la independencia, la preparación jurídica y el pluralismo sin concentrar el poder de elección en unas pocas manos?

Sé que modificar sustancialmente el reparto de designaciones exigiría reformar la Constitución. Y también sé que cualquier alternativa debe preservar la pluralidad, los contrapesos y la independencia. Estudiemos sus ventajas y sus riesgos.

Quiero magistrados independientes, preparados y comprometidos con la Constitución, sin que una etiqueta de izquierdas o de derechas se imponga a sus méritos.

Quiero conocer sus méritos y las garantías que tienen para decidir sin presiones.

Quiero poderes que se controlen. No poderes que se deban favores.

Y quiero reglas exigentes, gobierne quien gobierne.

12. QUIERO EMPRESAS PÚBLICAS DIRIGIDAS POR PROFESIONALES. NO POR CUOTAS DE PARTIDO.

En las empresas públicas también quiero saber por qué se nombra a cada persona y qué preparación acredita.

Que alguien sea nombrado por un ministro no demuestra que le falte preparación. Pero la confianza de quien nombra tampoco debería bastar para justificar su idoneidad.

Estamos hablando de empresas y entidades públicas que gestionan miles de millones de euros, infraestructuras, servicios esenciales y decisiones que afectan a millones de ciudadanos.

Y yo me pregunto: ¿qué criterios se utilizan para elegir a las personas que las dirigen?

¿Qué experiencia tienen? ¿Qué han gestionado anteriormente? ¿Qué conocimientos aportan? ¿Qué resultados han obtenido?

No pido que todos sean expertos técnicos en cada una de las actividades que supervisan. Pido que los equipos directivos y los consejos de administración reúnan las capacidades necesarias para gestionar y supervisar organizaciones de esa complejidad.

Y que sepamos por qué se ha elegido a cada uno de sus miembros.

No me basta con que un nombramiento lleve la firma de un ministro. Sea del partido que sea.

Quiero criterios públicos de selección y que podamos conocer la trayectoria, las capacidades, la remuneración y los posibles conflictos de intereses de quienes ocupan esas responsabilidades.

Entiendo que el Gobierno tenga responsabilidades legítimas sobre la orientación y las políticas de las empresas públicas.

Pero también quiero equipos directivos capaces de supervisar, cuestionar decisiones y discrepar cuando sea necesario. Incluso de quienes los han nombrado.

He trabajado más de treinta años en una gran empresa y sé lo difícil que es gestionar personas, inversiones, riesgos y decisiones que afectan a millones de usuarios.

Y también sé que ocupar una responsabilidad exige preparación, criterio y capacidad para rodearse de personas que sepan más que uno mismo en determinadas materias.

Quiero saber cómo se evalúa la gestión de esas empresas. Qué objetivos tienen, qué resultados consiguen y cómo responden sus responsables cuando las cosas no funcionan.

Porque al final estamos hablando de organizaciones que pertenecen a todos.

Y termino con una pregunta.

¿Queremos empresas públicas dirigidas por personas elegidas por su preparación y capacidad de gestión, o por su cercanía a quienes tienen el poder de nombrarlas?

Yo tengo bastante clara mi respuesta.

13. QUIERO SABER DÓNDE VA CADA EURO DE NUESTROS IMPUESTOS. Y QUÉ CONSEGUIMOS CON ÉL.

Cuentas públicas que podamos entender

Una vez que sabemos cuánto aportamos, quiero entender qué se hace con nuestro dinero.

Quiero entenderlo sin tener que convertirme en experto en presupuestos públicos.

¿Cuánto estaba previsto gastar?

¿Cuánto se ha gastado realmente?

¿Cuánto se financia con deuda?

¿Qué compromisos estamos dejando para los próximos años?

Quiero entrar en una página pública y encontrar esa información.

Quiero que los datos se entiendan. Publicar miles de documentos no sirve de mucho si seguimos sin comprender qué se hace con el dinero.

Y no conviene olvidarlo: detrás de cada euro hay personas que trabajan, compran, pagan impuestos y sostienen los servicios públicos.

Y tenemos derecho a saber cómo se utiliza.

Presupuestos anuales y explicaciones cuando no se aprueban

Estamos en 2026 y seguimos funcionando con unos Presupuestos Generales del Estado prorrogados desde 2023, con sus correspondientes modificaciones.

Es legal. Pero me cuesta aceptarlo como algo normal.

Después de más de treinta años en una gran empresa, me cuesta imaginar varios ejercicios seguidos sin aprobar nuevas cuentas.

En casa también ajustamos nuestros presupuestos cuando cambian los ingresos y las necesidades.

¿Y resulta que para gestionar un país podemos seguir año tras año con presupuestos prorrogados?

Sé que el Estado puede seguir funcionando así, pero quiero que nuestros representantes negocien y lleguen a acuerdos.

Y voy más lejos.

¿Por qué no estudiamos que, si un Gobierno no consigue aprobar los presupuestos durante un plazo razonable, tengamos que volver a votar?

Porque si no existe acuerdo para aprobar las cuentas del país, me parece legítimo preguntarnos si ese Gobierno sigue contando con el respaldo parlamentario suficiente para desarrollar su proyecto.

Sé que una medida así exigiría revisar nuestro marco legal y establecer garantías para evitar elecciones continuas.

Y si no sois capaces de acordar cómo gestionar nuestro dinero, quizá haya llegado el momento de devolvernos la palabra a los ciudadanos.

Ministerios con objetivos y resultados públicos

Quiero conocer los principales proyectos de cada ministerio, sus responsables, recursos, plazos y resultados.

Y poder seguirlos públicamente: cuando comienzan, se retrasan, cambian o terminan.

Y si un compromiso no se cumple, quiero una explicación.

Quiero que explicar lo que no salió bien tenga tanta importancia como anunciar lo que se pretende hacer.

Y evaluaciones que permitan corregir errores, no solo publicar informes.

Porque el seguimiento de un proyecto no debería terminar cuando deja de ocupar titulares.

Porque un retraso imprevisible y una gestión irresponsable son cosas distintas. Pero ambas merecen una explicación.

14. QUIERO SABER A QUIÉN DESTINAMOS NUESTRO DINERO, PARA QUÉ Y QUÉ RESULTADOS OBTENEMOS.

Subvenciones. A quién, para qué y con qué resultados

Quiero conocer cuánto destinamos a subvenciones, a quiénes, con qué finalidad y bajo qué condiciones: organizaciones sociales, fundaciones, sindicatos, entidades empresariales y otras instituciones.

Quiero saber quién recibe el dinero público y qué consigue con él.

Os pongo un ejemplo imaginario.

Una asociación recibe 500.000 euros para desarrollar un programa social.

¿Qué se pretende conseguir, a cuántas personas se quiere ayudar y en qué se va a gastar?

Cuando termine, ¿se cumplieron los objetivos?, ¿a quién se ayudó?, ¿qué se aprendió?

Exigiría lo mismo si la beneficiaria fuera una ONG, una organización empresarial, un sindicato o una fundación.

No me basta con justificar facturas: también quiero conocer qué se consiguió.

Cuando se trabaja con personas, no todo puede medirse fácilmente. Aun así, debemos explicar qué se hizo, a quién benefició y qué aprendimos.

Sé que ya existe la Base de Datos Nacional de Subvenciones, con información pública sobre concesiones. Quiero que esa transparencia sea fácil de entender y permita conocer también los resultados de los proyectos, más allá de las facturas y los requisitos formales.

Y si una entidad no justifica adecuadamente el dinero recibido, quiero que se investigue y se apliquen los reintegros o las consecuencias que correspondan.

Transparencia antes de concederlas. Control mientras se utilizan. Y resultados cuando terminan los proyectos.

Fondos europeos. Cuánto recibimos y qué conseguimos

Quiero entender también qué hacemos con los fondos que recibimos de la Unión Europea.

Me parece una buena noticia que lleguen recursos. Lo que me interesa es lo que hacemos con ellos.

Cuánto se nos asigna, cuánto se recibe, cuánto se ejecuta y qué proyectos llegan a terminarse.

No quiero confundir dinero anunciado con dinero gastado, ni un proyecto concedido con uno terminado.

También quiero saber qué parte son ayudas que no tendremos que devolver y qué parte corresponde a préstamos.

Vivo en Valencia y me gustaría consultar fácilmente qué proyectos europeos se desarrollan aquí, cuánto reciben y cómo avanzan.

¿De qué sirve celebrar millones recibidos si no sabemos qué resultados han dado?

También quiero saber cuánto aporta España al presupuesto de la Unión Europea, cuánto recibe y qué significa esa relación, diferenciando correctamente los distintos fondos y periodos.

Quiero menos celebraciones por los millones recibidos y muchas más explicaciones sobre los resultados obtenidos.

Dinero destinado a otros países. Préstamos, donaciones y resultados

Quiero entender cuánto dinero destina España a proyectos en otros países, en forma de préstamos o donaciones, y con qué objetivos.

Por ejemplo, se anunció un préstamo público de 754,3 millones de euros vinculado a la adquisición de 40 trenes españoles por Marruecos.

Es una operación de financiación de exportaciones, vinculada a una empresa española. Puede favorecer la actividad económica y el empleo, pero me interesa entender sus condiciones y sus resultados.

El hecho de que exista un crédito no lo convierte automáticamente en una donación, ni en un gasto perdido.

En una operación así preguntaría por qué se concede, cuándo se devuelve, qué intereses y garantías tiene, qué beneficios económicos aporta y qué riesgos asumimos. Y quiero conocer las condiciones que puedan hacerse públicas respetando los límites legales de confidencialidad.

Si España financia un proyecto sanitario, educativo o humanitario en otro país, quiero saber por qué se ha elegido ese destino.

Creo en la solidaridad internacional. También entiendo que ciertos proyectos responden a intereses económicos, humanitarios o diplomáticos. Quiero conocer sus condiciones y resultados.

Quiero información pública y comprensible sobre préstamos, donaciones y garantías, y sobre los compromisos de devolución y sus riesgos.

La solidaridad, la cooperación internacional y el apoyo a nuestras empresas pueden tener razones legítimas. Pero ninguna debería quedar al margen de la transparencia y la rendición de cuentas.

Esa exigencia debería valer siempre, gobierne quien gobierne.

15. QUIERO PODER CONFIAR. PERO NO A CIEGAS.

Después de todo lo que he escrito, quizá alguien piense que estoy pidiendo demasiado.

Puede ser. Pero llevo más de treinta años trabajando con personas y responsabilidades. Sé que no todo sale como uno desea, que hay decisiones difíciles y que a veces las circunstancias cambian los planes. También sé lo importante que es decir la verdad cuando algo no funciona.

No quiero dirigentes perfectos. No existen. Tampoco quiero que cualquier error termine automáticamente en una dimisión. Quiero honestidad, capacidad para rectificar y personas que entiendan que ocupar un cargo público significa responder ante los ciudadanos.

Y vuelvo a lo que me preocupa desde el principio: nosotros.

No quiero que nuestro nivel de exigencia dependa de quién gane unas elecciones. Si hoy gobiernan los míos, quiero preguntarles exactamente lo mismo que les preguntaría a quienes jamás votaría. Y mañana, si cambian las personas y las siglas, seguiré haciendo esas preguntas.

Yo también tengo que exigírmelo. Escuchar, contrastar, admitir cuando me equivoco. No es cómodo. Pero me parece bastante más útil que seguir enfadándonos con nuestros amigos por defender a políticos que apenas conocemos.

Soy optimista, que NO ingenuo. Y sigo creyendo que tenemos capacidad para hacer las cosas mucho mejor.

Llevo tiempo cabreado por decisiones que no entiendo, explicaciones que no recibimos y responsabilidades que cuesta asumir. Y quiero que dejemos de conformarnos con ello.

Quiero seguir haciéndome preguntas. Y exigiendo respuestas.

A quienes gobiernan hoy, a quienes gobernaron ayer, a quienes quieran gobernar mañana.

Y también a nosotros mismos.

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