¿POR QUÉ HABLAMOS TANTO DE LA JUVENTUD QUE MOLESTA Y TAN POCO DE LA QUE CUIDA?

Una reflexión sobre esa juventud de la que se habla poco: la que estudia, trabaja, cuida, acompaña y se compromete sin hacer ruido. Frente al tópico de una generación desganada, este artículo invita a mirar con más justicia a los jóvenes que están haciendo el bien desde el voluntariado, la solidaridad y la presencia. Porque quizá no estamos ante una juventud perdida, sino ante una juventud que muchas veces no sabemos mirar.

PERSONAS Y RELACIONES

7/1/202611 min read

Hay una juventud que no sale en los titulares.

No porque no exista. No porque no haga nada. No porque esté dormida, perdida o esperando que alguien le resuelva la vida.

Simplemente porque no hace ruido.

Y quizá ahí empieza parte del problema. Que nos hemos acostumbrado tanto al ruido que ya casi solo miramos lo que molesta, lo que rompe, lo que se queja, lo que provoca, lo que genera debate rápido y juicio fácil.

Y desde ahí es muy sencillo repetir eso de que la juventud de hoy no quiere trabajar, que no se esfuerza, que lo quiere todo hecho, que vive pendiente de una pantalla, que no se compromete, que no aguanta nada.

Pero esa mirada, además de injusta, me parece bastante pobre.

Porque sí, existen jóvenes así.

Claro que existen.

Como también existen adultos cómodos, irresponsables, egoístas, instalados en la queja y con muy pocas ganas de aportar.

Pero no se nos ocurre decir que todos los adultos son así.

Con los jóvenes, en cambio, tenemos una facilidad tremenda para meterlos a todos en el mismo saco.

Y no.

No me parece justo.

Hay una juventud que estudia, se forma, trabaja, cuida, acompaña, ayuda, se implica y se compromete. Una juventud que termina las clases y se va a trabajar unas horas. Una juventud que cuida de sus abuelos, de sus hermanos pequeños, de una madre cansada o de un amigo que no está pasando un buen momento.

Una juventud que dedica parte de sus vacaciones a hacer voluntariado.

Una juventud que viaja lejos para ayudar y otra que se queda cerca, en su barrio, en su ciudad, en una asociación, en una parroquia, en una ONG o en un proyecto pequeño que quizá no saldrá en ningún medio, pero que cambia la vida de personas concretas.

Esa juventud existe.

Y no solo existe.

También sostiene el mundo.

A su manera.

Sin grandes discursos.

Sin necesidad de ponerse medallas.

Sin ocupar demasiado espacio.

Pero estando.

Y hoy, estar donde hace falta estar, tiene mucho valor.

EL RUIDO NOS ESTÁ ROBANDO LA MIRADA

Nos pasa demasiado.

Vemos un vídeo de un joven haciendo una barbaridad y lo convertimos en diagnóstico generacional.

Escuchamos a tres chavales decir una tontería y pensamos que ya entendemos a toda una generación.

Leemos cuatro comentarios en redes y sacamos una conclusión rápida, cómoda y bastante injusta.

Y mientras tanto, miles de jóvenes están haciendo cosas buenas sin que nadie les preste demasiada atención.

Jóvenes que acompañan a personas mayores. Jóvenes que ayudan a niños con dificultades. Jóvenes que participan en proyectos de voluntariado. Jóvenes que se apuntan a campañas solidarias. Jóvenes que dedican tiempo a personas vulnerables. Jóvenes que se marchan en verano a colaborar en proyectos sociales, educativos, sanitarios o comunitarios. Jóvenes que se dejan tocar por realidades que muchos adultos preferimos mirar de lejos.

No hablo solo de religión, aunque la reflexión nace después de leer una noticia sobre jóvenes que dedican su verano a proyectos misioneros y solidarios.

Hablo de algo más amplio.

Hablo de compromiso.

De presencia.

De mirar más allá de uno mismo.

De entender que la vida no puede consistir únicamente en aprobar, trabajar, consumir, distraerse y sobrevivir.

Hay jóvenes que están descubriendo algo muy serio: que ayudar también les ayuda.

Que acompañar también les ordena por dentro.

Que servir no les quita libertad, sino que les da una forma distinta de estar en el mundo.

Y uso la palabra servir sabiendo que quizá incomoda un poco.

Porque suena antigua.

Porque parece que resta.

Porque vivimos en una cultura donde todo empuja a preguntarnos: “¿y yo qué gano con esto?”

Pero hay jóvenes que están respondiendo desde otro sitio.

Desde un “¿dónde puedo hacer falta?”

Desde un “¿qué puedo aportar?”

Desde un “¿para qué quiero usar mi tiempo?”

Y eso merece ser contado.

No para idealizarlos.

No para hacer una postal bonita.

No para decir que todos son maravillosos.

Sino para equilibrar la mirada.

Porque la juventud no es solo lo que grita.

También es lo que cuida.

NOS SOBRA JUICIO Y NOS FALTA CERCANÍA

Hay algo que deberíamos revisar los adultos.

Y lo digo también para mí.

Muchas veces hablamos de los jóvenes desde una superioridad moral bastante peligrosa.

Como si nosotros lo hubiéramos hecho todo bien.

Como si nuestra generación no hubiera tenido contradicciones.

Como si no hubiéramos sido también impacientes, inmaduros, despistados, cómodos o torpes en muchas cosas.

Como si hubiéramos nacido sabiendo trabajar, comprometernos, esforzarnos y vivir con sentido.

Y no.

También aprendimos a golpes.

También nos equivocamos.

También hicimos tonterías.

También necesitamos que alguien confiara en nosotros antes de merecer del todo esa confianza.

Por eso me cuesta tanto esa frase de “es que los jóvenes de ahora…”.

Cuidado con esa frase.

Porque muchas veces detrás de ella no hay análisis, hay cansancio.

No hay verdad, hay prejuicio.

No hay acompañamiento, hay distancia.

Y los jóvenes no necesitan adultos que les aplaudan todo. Eso tampoco ayuda.

Pero tampoco necesitan adultos que les miren como si fueran un problema.

Necesitan adultos que estén.

Que escuchen.

Que exijan con cariño.

Que pongan límites cuando toque.

Que abran puertas.

Que den oportunidades reales.

Que no les pidan compromiso mientras les cierran todos los caminos.

Porque también hay que decirlo.

A veces les pedimos madurez, pero no les damos espacio.

Les pedimos experiencia, pero nadie se la ofrece.

Les pedimos responsabilidad, pero les tratamos como si fueran eternamente incapaces.

Les pedimos que se impliquen, pero luego no les dejamos participar de verdad.

Y así es difícil.

Muy difícil.

CUANDO UN JOVEN DESCUBRE QUE PUEDE HACER BIEN, ALGO CAMBIA

Muchas veces pensamos que para cambiar el mundo hace falta tener un gran plan.

Una estrategia.

Una causa enorme.

Un proyecto perfecto.

Una vocación clarísima.

Y quizá por eso dejamos pasar muchas oportunidades pequeñas.

Pero el compromiso, muchas veces, empieza con un paso.

Con una invitación.

Con un amigo que te dice “vente”.

Con una experiencia que te toca.

Con una realidad que te descoloca.

Con una persona concreta que te mira y ya no puedes seguir igual.

Así empieza muchas veces lo importante.

No con una frase grandilocuente.

No con una vida completamente ordenada.

No con una decisión perfecta.

Empieza con una cosita.

Con estar.

Con ir.

Con probar.

Con acompañar.

Con dejarse afectar.

Y aquí hay una pensadita que me parece importante: quizá no valoramos bastante esas primeras experiencias de compromiso.

Un voluntariado de verano puede parecer algo puntual.

Unas semanas ayudando en un proyecto pueden parecer poca cosa.

Un viaje solidario puede parecer una experiencia bonita y ya está.

Pero a veces esas vivencias cambian la forma de mirar para siempre.

Porque cuando un joven se sienta con una persona que sufre, algo se mueve.

Cuando descubre que hay niños que viven con muy poco y aun así sonríen, algo se recoloca.

Cuando acompaña a alguien que se siente solo, algo aprende sobre la dignidad.

Cuando comparte tiempo con personas que han sido descartadas por la vida, algo se rompe un poco por dentro, pero también algo se despierta.

Y eso no se enseña del todo en un aula.

Se vive.

Se pisa.

Se mira a los ojos.

Se escucha.

Por eso estas experiencias importan tanto.

Porque educan la cabeza, sí, pero también educan el corazón.

Y una sociedad que educa solo la cabeza, pero descuida el corazón, puede terminar fabricando profesionales muy capaces y personas muy perdidas.

A MUCHOS NO LES FALTA VOLUNTAD, LES FALTA SENTIDO

Hay jóvenes desganados, sí.

Pero también hay muchos jóvenes desorientados.

Y no es lo mismo.

No siempre les falta voluntad.

A veces les falta sentido.

No siempre les falta esfuerzo.

A veces les falta un para qué.

Viven en un mundo que les exige mucho y les ofrece poco suelo.

Se les pide que estudien, que trabajen, que sean flexibles, que hablen idiomas, que tengan experiencia, que emprendan, que se adapten, que sean digitales, que sean emocionales, que sean resilientes, que sean creativos, que no se quejen, que estén disponibles, que no fallen.

Y al mismo tiempo se encuentran con alquileres imposibles, empleos precarios, incertidumbre, comparación constante, ansiedad, soledad y una presión silenciosa por parecer que todo va bien.

Quizá antes de decir que no quieren hacer nada deberíamos preguntarnos también qué mundo les estamos dejando.

Y aun así, muchos se comprometen.

Muchos ayudan.

Muchos se forman.

Muchos trabajan.

Muchos intentan construir algo decente con las piezas que tienen.

Y eso también hay que reconocerlo.

Porque cuando un joven descubre que su vida puede servir para aliviar un poco la vida de otro, aparece algo muy potente.

Aparece dignidad.

Aparece dirección.

Aparece pertenencia.

Aparece una forma de madurez que no se consigue solo cumpliendo años.

Hay jóvenes que vuelven de una experiencia de voluntariado con menos respuestas, pero con mejores preguntas.

Y eso me parece precioso.

Porque crecer no siempre consiste en tenerlo todo claro.

A veces crecer consiste en dejar que la vida te pregunte mejor.

RECONOCER NO ES IDEALIZAR

Tampoco conviene caer en el otro extremo.

Pintar a todos los jóvenes como maravillosos, solidarios, responsables y comprometidos sería tan falso como decir que todos son vagos, frágiles o egoístas.

La juventud es plural.

Hay de todo.

Como en cualquier edad.

Hay jóvenes comprometidos y jóvenes perdidos.

Hay jóvenes generosos y jóvenes encerrados en sí mismos.

Hay jóvenes trabajadores y jóvenes acomodados.

Hay jóvenes con una madurez que impresiona y jóvenes que todavía tienen mucho que aprender.

Normal.

Son jóvenes.

Están creciendo.

Están probando.

Están buscando.

Están equivocándose.

Están intentando entender quiénes son en medio de un mundo que tampoco se lo pone fácil.

Por eso no necesitan idealización.

Necesitan reconocimiento.

Y el reconocimiento no es adulación.

Reconocer es mirar con justicia.

Es decir: esto también está pasando.

Es decir: no todo está perdido.

Es decir: hay jóvenes que merecen nuestra confianza.

Es decir: cuando se les ofrece un reto con sentido, muchos responden.

Es decir: quizá el problema no es que no quieran comprometerse, sino que muchas veces no les damos motivos, espacios ni referentes para hacerlo.

Y aquí los adultos tenemos una responsabilidad enorme.

Porque una generación no crece solo por edad.

Crece también por el tipo de adultos que la acompañan.

APOYARLES ES DARLES ESPACIO DE VERDAD

Apoyar a la juventud no es repetir eso de “sois el futuro” y luego no contar con ellos para nada.

Esa frase, de tanto usarla, casi se ha quedado vacía.

Los jóvenes no son solo el futuro.

Son presente.

Están aquí.

Ya están trabajando, cuidando, estudiando, emprendiendo, acompañando, liderando proyectos, haciendo voluntariado, sosteniendo familias, poniendo ideas nuevas encima de la mesa.

Apoyarles es tomarles en serio.

Es abrirles espacios de participación real.

Es dejar de hablar siempre de ellos sin ellos.

Es escuchar lo que ven.

Es permitir que se equivoquen sin hundirles.

Es exigirles sin humillarles.

Es corregirles sin despreciarles.

Es confiar antes de tener todas las garantías.

Porque la confianza también educa.

Y mucho.

Cuando un joven siente que alguien cree en él, se endereza un poco por dentro.

Cuando alguien le mira no como problema, sino como posibilidad, algo cambia.

Cuando alguien le dice “te necesito aquí”, “esto puedes hacerlo tú”, “tu mirada importa”, “tu presencia cuenta”, aparece una responsabilidad distinta.

No impuesta.

Despertada.

Y quizá de eso va también liderar desde lo humano.

De saber despertar lo mejor del otro sin aplastarlo con nuestras expectativas.

EL MUNDO TAMBIÉN CAMBIA EN LUGARES PEQUEÑOS

A veces imaginamos el cambio como algo enorme.

Grandes decisiones.

Grandes líderes.

Grandes discursos.

Grandes movimientos.

Pero el mundo también cambia en lugares pequeños.

En una escuela rural.

En un comedor social.

En una habitación de hospital.

En una residencia.

En una casa donde alguien ya no puede solo.

En una conversación con un adolescente que se siente perdido.

En una tarde de verano compartida con niños que necesitan jugar, reír y sentirse mirados.

En una mano joven que se ofrece sin saber muy bien qué hacer, pero con ganas de estar.

Eso también cambia el mundo.

Quizá no sale en las noticias.

Quizá no mueve indicadores.

Quizá no se mide en grandes informes.

Pero cambia el mundo de alguien.

Y cuando el mundo de alguien cambia, algo del mundo cambia.

A mí esto me parece importante recordarlo.

Porque vivimos obsesionados con el impacto grande, medible, visible, publicable.

Y está bien medir.

Está bien organizar.

Está bien profesionalizar la ayuda.

Pero no olvidemos lo esencial.

Una persona delante de otra.

Una presencia que acompaña.

Una mirada que reconoce.

Un gesto que cuida.

Un joven que decide no pasar de largo.

Ahí hay transformación.

De la buena.

De la que no siempre se ve, pero se queda.

HABLEMOS MÁS DE LOS JÓVENES QUE HACEN EL BIEN

Me gustaría que habláramos más de estos jóvenes.

No para utilizarlos como ejemplo moral contra otros.

No para hacer un discurso bonito y quedarnos tranquilos.

No para decir “veis, estos sí”.

Eso tampoco sería justo.

Me gustaría que habláramos más de ellos para equilibrar la conversación.

Para que no se nos olvide que también existen.

Para que otros jóvenes puedan verse reflejados.

Para que las familias sientan orgullo.

Para que los centros educativos, las empresas, las asociaciones y las instituciones entiendan que ahí hay una fuerza enorme.

Para que dejemos de mirar a la juventud solo desde el miedo, la queja o el reproche.

Y para que nosotros, los adultos, nos hagamos una pregunta incómoda:

¿Estamos acompañando de verdad a esta juventud o solo la estamos juzgando desde lejos?

Porque apoyar a los jóvenes que quieren hacer el bien también exige algo de nosotros.

Exige dar tiempo.

Exige abrir puertas.

Exige ofrecer referentes sanos.

Exige dejar de ridiculizar su sensibilidad.

Exige no confundir fragilidad con falta de valor.

Exige entender que una generación que habla más de salud mental, de propósito, de conciliación, de dignidad o de impacto social no necesariamente es más débil.

Quizá está poniendo palabras a cosas que nosotros callamos demasiado tiempo.

Quizá está haciendo preguntas que a nosotros nos incomodan porque no supimos hacérnoslas.

Quizá no todo lo nuevo es amenaza.

Quizá también hay aprendizaje.

Y sí, habrá que corregir muchas cosas.

Como en todas las generaciones.

Pero se corrige mejor desde la presencia que desde el desprecio.

ANTES DE CRITICARLES, MIREMOS DESDE DÓNDE LES MIRAMOS

Cuando pienso en estos jóvenes, no pienso solo en futuros profesionales.

Pienso en personas.

Personas que están aprendiendo a vivir.

A decidir.

A equivocarse.

A cuidar.

A mirar.

A estar.

Personas que necesitan formación, sí, pero también sentido.

Personas que necesitan oportunidades, pero también confianza.

Personas que necesitan límites, pero también adultos que no les cierren la puerta antes de escucharles.

Y quizá aquí está una de las grandes cositas que deberíamos cuidar más.

Antes que estudiantes, trabajadores, voluntarios, emprendedores o futuros líderes, son personas.

Y desde ahí empieza todo.

Desde cómo les miramos.

Desde qué esperamos de ellos.

Desde qué espacios les damos.

Desde qué conversaciones abrimos.

Desde qué ejemplo ofrecemos.

Porque no podemos pedirles compromiso si nosotros vivimos instalados en la queja.

No podemos pedirles generosidad si solo les hablamos desde el interés.

No podemos pedirles esfuerzo si no les mostramos para qué merece la pena esforzarse.

No podemos pedirles humanidad si les tratamos como una generación sospechosa.

La juventud que sin hacer ruido está cambiando el mundo necesita apoyo.

Pero no un apoyo blandito, decorativo o paternalista.

Necesita un apoyo serio.

Humano.

Exigente.

Cercano.

Un apoyo que diga: te veo, confío, cuenta conmigo, pero ahora ponte en marcha.

Porque el mundo necesita jóvenes así.

Y también necesita adultos capaces de reconocerlos.

Tal vez la próxima vez que escuchemos eso de “los jóvenes de hoy no quieren nada”, podríamos hacer una pausa.

Respirar.

Y mirar un poco mejor.

Porque quizá, mientras algunos hacen ruido, muchos otros están haciendo algo bastante más importante.

Están cuidando.

Están acompañando.

Están aprendiendo a servir.

Están cambiando el mundo de alguien.

Y eso, aunque no siempre se vea, también sostiene la vida.

¿Y si empezamos a hablar más de esa juventud que no hace ruido, pero hace mucho bien?

Me interesa leerte.

pues ahí queda mi cosita

graaaaaaaaande abrazote 💚

#GasparGonzalez
#LiderazgoHumano
#JuventudComprometida

2025 Gaspar González. Todos los derechos reservados.