¿POR QUÉ EXIGIMOS MÁS PARA VESTIR LA CAMISETA DE ESPAÑA QUE PARA GOBERNARLA?
Una reflexión sobre mérito, preparación, talento y rendición de cuentas. Porque exigimos años de esfuerzo y resultados para representar a España en un Mundial, pero no siempre aplicamos el mismo nivel de exigencia a quienes toman decisiones sobre nuestra educación, sanidad, economía o pensiones.
LIDERAZGO HUMANO
7/20/20266 min read
Durante las últimas semanas, España ha vuelto a hacer algo que parecía cada vez más difícil: caminar unida alrededor de un mismo objetivo.
El Mundial ha sido la excusa.
Millones de personas hemos vuelto a ilusionarnos, a celebrar y a dejar durante un tiempo en segundo plano muchas de las diferencias que nos acompañan cada día.
Ha dado igual la edad, la profesión, el lugar en el que vivimos o incluso a quién votamos.
La selección ha conseguido algo que, en los tiempos que corren, no es precisamente sencillo: recordarnos que todavía sabemos mirar en la misma dirección.
Y, además, España ha vuelto a levantar una Copa del Mundo.
DURANTE UNAS SEMANAS VOLVIMOS A SER UN EQUIPO
Se han escrito y se seguirán escribiendo muchos artículos sobre el liderazgo de Luis de la Fuente.
Sobre su capacidad para construir un grupo en el que el talento individual se ha puesto al servicio del colectivo.
Sobre la humildad, la confianza, el compromiso, el compañerismo o el sentido de pertenencia.
Todos ellos tendrán razón.
Pero mientras avanzaba el campeonato me dio por pensar en otra cosa.
En realidad, no estaba pensando únicamente en fútbol.
Estaba pensando en cómo elegimos a las personas que representan a España.
Porque ninguno de los veintiséis jugadores convocados llegó hasta allí por casualidad.
Todos habían recorrido un camino largo, hecho de años de entrenamiento, competición, presión, aciertos, errores y evaluación permanente.
Cada partido era una nueva prueba.
Cada temporada podía acercarlos a la selección o alejarlos de ella.
Y cada convocatoria podía confirmar su lugar o dejarlos fuera.
Ninguno tenía asegurado el puesto.
Había que volver a ganárselo.
Aceptamos esa forma de seleccionar el talento con absoluta naturalidad.
Es más: la exigimos.
Queremos que el seleccionador convoque a quienes considera mejores para representar al país, aunque eso implique dejar fuera a jugadores muy queridos o a grandes estrellas.
Podemos discutir sus decisiones.
Podemos pensar que se ha equivocado.
Pero todos compartimos una idea de fondo:
Vestir la camiseta de España hay que merecerlo.
Y entonces apareció una pregunta que no he podido quitarme de la cabeza.
¿Por qué somos tan exigentes para elegir a quienes representan a España sobre un terreno de juego y bastante menos cuando se trata de quienes tomarán decisiones sobre nuestra educación, nuestra sanidad, nuestra economía o nuestras pensiones?
PRIMERO CONOCEMOS LAS SIGLAS. DESPUÉS, A LAS PERSONAS
No pretendo comparar el trabajo de un futbolista con el de un responsable público.
Son profesiones y responsabilidades completamente diferentes.
Tampoco creo que exista una única trayectoria válida para dedicarse a la política. Se puede aportar desde la Administración, la empresa, la universidad, una organización social o muchos otros ámbitos.
La cuestión no es de dónde procede una persona.
La cuestión es qué preparación, experiencia y capacidad ha demostrado antes de asumir decisiones que afectan a millones de ciudadanos.
Gestionar un país supone administrar enormes presupuestos, liderar organizaciones complejas, establecer prioridades y responder ante situaciones que casi nunca tienen soluciones sencillas.
Sin embargo, conocemos mucho mejor la trayectoria, el rendimiento y el estado de forma de quienes juegan en la selección que la experiencia de muchas personas que terminan ocupando importantes responsabilidades públicas.
Sabemos cuántos goles ha marcado un delantero.
Cuántos minutos ha jugado.
Qué rendimiento ha tenido durante la temporada.
Qué lesiones ha sufrido.
Y hasta si atraviesa un buen momento personal.
Pero ¿sabemos qué equipos ha dirigido quien va a gestionar un ministerio?
¿Conocemos qué presupuestos ha administrado?
¿Qué decisiones difíciles ha tenido que tomar?
¿Qué objetivos ha cumplido?
¿Qué experiencia posee liderando organizaciones complejas?
En el deporte, primero conocemos al jugador, observamos su rendimiento y valoramos su trayectoria.
Después llega la selección.
En política, con demasiada frecuencia, primero conocemos las siglas y las personas llegan después.
Los ciudadanos votamos candidaturas confeccionadas por los partidos, pero rara vez podemos valorar individualmente los méritos, la preparación o la capacidad de gestión de quienes las integran.
Y no es una crítica a un partido concreto.
Es una reflexión sobre un modelo en el que la cercanía, la obediencia o la fidelidad interna pueden llegar a pesar más que el mérito y la preparación.
Quien ha trabajado en una empresa, una Administración, una organización social o cualquier proyecto complejo sabe lo que significa gestionar recursos limitados, dirigir equipos, establecer prioridades, equivocarse y responder ante objetivos concretos.
Sabe también que las decisiones tienen consecuencias.
La política no puede gestionarse como una empresa.
Ni debe hacerlo.
Gobernar implica proteger derechos, garantizar servicios públicos y tomar decisiones cuyo valor va mucho más allá de una cuenta de resultados.
Pero eso no significa que debamos renunciar a exigir capacidad de gestión, transparencia, evaluación y rendición de cuentas.
Al contrario.
Cuanto mayor es la responsabilidad, mayor debería ser la exigencia.
¿EN QUÉ MUNDIAL JUGARÍAN LOS MEJORES?
Y aquí aparece otro debate que solemos plantear desde el lugar equivocado: el salario de nuestros responsables públicos.
Imaginemos por un momento que existieran dos Mundiales.
El Mundial del fútbol y el Mundial de la política.
En el primero, los mejores jugadores competirían al máximo nivel, serían reconocidos públicamente y recibirían salarios extraordinarios dentro de un mercado que mueve cantidades enormes de dinero.
Para jugar el segundo tendrían que abandonar durante varios años una carrera profesional consolidada, reducir considerablemente sus ingresos, aceptar una exposición pública permanente, soportar una enorme presión y enfrentarse después a un regreso laboral incierto.
¿En cuál de los dos Mundiales querrían participar los mejores?
Evidentemente, los salarios del fútbol no pueden compararse con los de la política.
Pero la metáfora plantea una pregunta que me parece importante:
¿Hemos construido un sistema capaz de atraer a algunas de las personas más preparadas de nuestra sociedad?
Quizá el debate no debería centrarse únicamente en cuánto cobran nuestros representantes.
Quizá deberíamos preguntarnos qué preparación, experiencia, resultados y responsabilidad les exigimos a cambio.
Yo no tendría ningún problema en que quienes gestionan las mayores responsabilidades públicas recibieran una buena retribución.
Pero esa remuneración debería ir acompañada de trayectorias acreditadas, objetivos transparentes, evaluaciones periódicas y consecuencias ante incumplimientos graves o reiterados.
Pagar poco no garantiza honestidad, preparación ni vocación de servicio.
Pero pagar más tampoco garantiza talento.
Lo importante es construir un sistema capaz de atraer a profesionales valiosos y, al mismo tiempo, exigirles un nivel de responsabilidad proporcional a la importancia de sus decisiones.
No hablo de castigar cada error.
Gobernar implica tomar decisiones difíciles y equivocarse forma parte de cualquier responsabilidad.
Hablo de distinguir entre quien se equivoca mientras intenta resolver un problema y quien incumple de manera permanente sin asumir ninguna consecuencia.
Hablo de un modelo en el que el mérito, la preparación y la rendición de cuentas pesen más que la cercanía, la obediencia o la fidelidad a unas siglas.
LA OTRA FINAL QUE TODAVÍA TENEMOS PENDIENTE
Hay otra enseñanza de este Mundial que no deberíamos pasar por alto.
Cuando un jugador se incorpora a la selección deja durante unas semanas de representar únicamente a su club.
Puede jugar en el Real Madrid, el Barcelona, el Athletic, el Atlético de Madrid o cualquier otro equipo.
Pero cuando viste la camiseta de España, el objetivo común debería estar por encima de cualquier interés particular.
Nadie entendería que un futbolista deseara que la selección perdiera para perjudicar a un compañero que juega en un club rival.
Nadie aceptaría que el seleccionador elaborara la convocatoria pensando primero en los intereses de los clubes y después en los de España.
Y, sin embargo, en política convivimos con demasiada naturalidad con una lógica diferente.
Primero el partido.
Después el bloque.
Y demasiadas veces el país queda para el final.
España no ganó el Mundial reuniendo a las personas más cercanas al seleccionador.
Lo ganó intentando elegir a quienes estaban mejor preparados para representar a todo un país y consiguiendo que pusieran su talento al servicio de un objetivo compartido.
La política nunca podrá parecerse por completo al deporte.
Ni debería hacerlo.
Pero cuando hablamos de fútbol están en juego noventa minutos.
Cuando hablamos de política, están en juego nuestra educación, nuestra sanidad, nuestra economía, nuestras pensiones y el futuro de millones de personas.
Por eso sigo haciéndome la misma pregunta:
¿No ha llegado el momento de exigir para gobernar España, al menos, tanto como exigimos para vestir su camiseta?
Graaaaaaande abrazote 💚
#GasparGonzalez #LiderazgoHumano #PrimerEmpleo


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